Japón es una nación isleña del extremo oriente. Su cultura está determinada por el hecho de que, a pesar ser un pueblo de tradición navegante, los japoneses tienen a un lado el infranqueable océano pacífico y al otro el continente asiático que es, por lo tanto, centro de todas sus atenciones. Desde la marcada influencia china y coreana de sus costumbres, hasta las intervenciones modernizadoras de portugueses y españoles a partir de la era de la navegación, los japoneses siempre fueron un pueblo al que le llegaban constantes influencias desde el mar.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX navegantes extranjeros rompen, una vez más, el aislamiento del Japón y ponen en contacto a su sociedad con el mundo moderno: la revolución industrial, los nuevos movimientos sociales, la guerra moderna, el colonialismo, la ciencia, etc... En las siguientes décadas se apodera del país una fiebre modernizadora que lo convierte en la primera potencia mundial no occidental de la historia.
El ansia de no quedarse atrás, de ser uno más, de modernizarse, da como resultado un país con un ejército moderno, un industria en expansión, una constitución y código de leyes de estilo occidental, la creación de buenas universidades y la construcción de importantes infraestructuras y vías de comunicación internas.
Por otro lado, los esfuerzos por conservar una identidad nacional, no dejarse dominar por países más poderosos y mantener las costumbres tradicionales del país, provocaron que las nuevas generaciones, la sociedad nipona de principios del siglo veinte, fuese una sociedad conservadora, extremadamente nacionalista, jerarquizada y militarizada, donde la propaganda del estado trastornaba mentes a voluntad y donde se daba por supuesta la superioridad del japonés frente a otros pueblos; ya fuesen inferiores y dignos de ser civilizados por los japoneses, como los pueblos del sureste asiático; ya fuesen viejos y decantes, como los europeos, de los que se consideraba que serían sustituidos por un pueblo asiático, dirigido por los nipones, más joven y vigoroso.
Todo ese bagaje ideológico, heredero de una época, obedecía a la necesidad práctica de que el japón era un país montañoso e isleño que no poseía recursos naturales, indispensables para una nación industrializada. Esto y el deseo de imitar a los occidentales y su colonialismo, llevó al Imperio del Sol Naciente al expansionismo y a una política de conquistas que alcanzaría su máximo apogeo durante la Segunda Guerra Mundial.
Derrotaron a los rusos en 1905. Conquistaron Corea en 1911. Mordisquearon pequeños trozos de la costa China y crearon el estado satélite de Manchukuo, arrebatandoles una provincia entera a los chinos. Más tarde intentarían penetrar con más contundencia en el continente, donde sus fuerzas de tierra quedarían empantanadas y serían derrotadas por los soviéticos. Luego entrarían el la Segunda Guerra Mundial para librarse de la competencia comercial estadounidense, que los ahogaba económicamente, y consiguieron, en un impresionante golpe de mano, arrebatarles sus colonias orientales a ingleses, franceses y holandeses, y destruir la Flota del Pacífico de los norteamericanos, aquella que defendía los intereses comerciales estadounidenses en el extremo oriente.
Para conseguir esto los japoneses no se limitaron a copiar tecnología comprada al extranjero, ni a imitar a los occidentales, sino que su desarrollo interno les permitió diseñar y construir su propia industria militar y poner en marcha una maquinaria de guerra eficiente. Un logro asombroso para un país que hacía menos de 70 años seguía inmerso en el feudalismo.
Durante la guerra dispusieron de una de las flotas de guerra más grandes y poderosas del mundo, estuvieron a la cabeza en construcción de buques de superficie (especialmente los revolucionarios portaaviones), diseñaron aviones vanguardistas, conformaron unas fuerzas aéreas bien entrenadas y disciplinadas, y crearon sus propias fuerzas mecanizadas, dotando al ejército con carros de combate, automóviles blindados, cañones autopropulsados, y toda la parafernalia de la guerra mecanizada moderna.
El programa de tanques japonés comenzó a mediados de la década de los veinte. Ya desde el final de la Gran Guerra los militares del Mikado se habían sentido interesados por los tanques que se estaban usando en Europa. Finalizada la guerra, importaron algunos modelos y los probaron. En 1925, decididos a no depender de las importaciones del extranjero, comenzaron la construcción de carros de combate de diseño nativo.
Los japoneses tuvieron muchas dificultades con la producción de tanques pues el país estaba poco industrializado y no existían empresas privadas de automóviles o de venta de maquinaria pesada. El trabajo tuvieron que hacerlo los militares en solitario, desde cero.
El primer resultado operativo de todos los esfuerzos fue el Tipo 89, un tanque grande, lento y pesado que empezó a producirse en masa inmediatamente. Pero el Tipo 89 resultó ser demasiado lento, pues no era capaz de seguir a la infantería motorizada transportada en camiones. Para poder organizar unidades mixtas con compañías de tanques y de infantería motorizada, necesitarían alguna clase de vehículo blindado ligero capaz de moverse a 40 km/h.
A principios de los años treinta se probaron en todo el mundo diversas soluciones para construir tanques rápidos y baratos. Nació el concepto de tanqueta y se trató de desarrollar el automóvil acorazado. Finalmente se impuso la idea de un tanque en el que se sacrifican blindaje, potencia de fuego y robustez por una mayor ligereza y velocidad.
El Tipo 95 comenzó su andadura en 1933 como proyecto para dotar al ejército imperial de un tanque ligero con el que equipar unidades mecanziadas. En 1936 comenzó su producción en masa. Para la época en que entró en servicio era un tanque ligero moderno y vanguardista, pero quedó anticuado rápidamente.
El Tipo 95 Ha-Go era un tanque pequeño, ligero, con un motor potente, en cuyo diseño se había sacrificado el blindaje para mejorar las prestaciones de velocidad. Pesaba apenas siete toneladas y media, y gracias a los 120 caballos de potencia de su motor Mitsubishi podía alcanzar los 45 km/h. Cumplía, en general, con la línea de diseño de todos los tanques de tipo ligero de los años treinta.
El chasis, ancho y bajo, tenía forma irregular, aplanándose hacia adelante para alojar el eje tractor y adoptando forma de cubo hacia atrás, donde estaba emplazado el motor. En los costados tenía atornillados los guardabarros, divididos en cuatro partes, dos a cada lado, separadas por la protuberante forma central de la superestructura.
Las orugas contaban, cada una, con dos ruedecillas de recuperación, la rueda tractora delantera y cinco ruedas de rodaje. De estas, cuatro estaban conectadas por parejas a una suspensión de invención japonesa, en la que la energía se almacenaba en un muelle helicoidal situado en paralelo al chasis.
La superestructura sobresalía más allá de los costados del chasis. El habitáculo de la tripulación tenía forma de cono truncado. El diámetro de la base de ese cono era más que el ancho del tanque, por lo que sobresalía separando los guardabarros por la mitad. Desde este cono truncado central, hacia adelante, sobresalían dos escudos que se arrojaban sobre el glacís. Uno, a la derecha, estaba ante el puesto del piloto; era una portezuela de salida e incluía un visor. El otro, a la izquierda, más grueso y compacto, era el afuste de una de las ametralladoras tipo 97 con que se equipaba al tanque. Hacia atrás el habitáculo del motor se cerraba por arriba en una caja con las paredes inclinadas, dando al tanque un perfil alto y voluminoso.
La torreta era tubular y pequeña, con espacio para un único tripulante. Giraba a manivela encajada en un anillo sobre el cono truncado central. Encima tenía una cúpula para el comandante. Alojaba un cañón de 37 mm en un mantelete delantero protuberante y cuadriculado, y la propia torreta se deformaba para el afuste de la segunda ametralladora Tipo 97, que permanecía apuntando hacia atrás a la derecha en relación al eje del cañón. El comandante debía ocuparse de estas dos armas, situándose dentro de la torreta de un lado o del otro según el caso.
En los años de preguerra existía en el mundo una frenética carrera de armamentos. Japón no podía competir industrialmente con colosos como Estados Unidos o Alemania, por lo que era incapaz de actualizar constantemente su tecnología militar. además los recursos de importancia militar, como el mineral de hierro, se destinaban prioritariamente a la marina de guerra o a la producción de aviones, quedando los tanques relegados a un segundo plano.

Por eso el Tipo 95 quedó desfasado rápidamente. Estuvo en producción y en servicio durante toda la guerra, con cientos de unidades destacadas en China y el sureste asiático y muchas otras enviadas con las fuerzas de desembarco y desperdigadas a lo largo de docenas de islas por el pacífico. Cuando entró en combate contra otros elementos acorazados generalmente llevó las de perder, pues EE.UU., Inglaterra y la URSS adelantaron tecnológicamente al Japón durante la guerra.
Durante su expansionismo los japoneses repartieron sus ejércitos a lo largo de tres grandes escenarios:
En el extremo oriente, además de las unidades de ocupación en Corea, Taiwan y otros territorios invadidos en los que no hubo combates, y de las unidades de defensa en territorio nacional, los japoneses tenían desplegado un poderoso ejército.
El bautismo de fuego del carro de combate Tipo 95 Ha-Go fue al estallar la Segunda Guerra Sino-Japonesa en 1937, cuando unidades mecanizadas del ejército de Kwantung (la guarnición japonesa en el estado marioneta de Manchukuo) se desplazaron hacia el sur para participar en los combates de la Operación Quhar, la invasión efectiva del norte y el este de China.
En 1939 las disputas fronterizas entre la URSS y los japoneses en Manchuria dieron lugar a la batalla de Khalkhin Gol, en la que participaron tres compañías de carros Ha-Go (36 tanques) pertenecientes al 4º Regimiento de Tanques del Ejército Imperial. La derrota de los japoneses en esta batalla significó el cese en los puestos de toma de decisiones a los hombres que defendían la doctrina de que Japón debía expandirse por Siberia a costa de los soviéticos.
El frente en China quedó estancado hasta 1944, cuando los mandos ejecutaron la Operación Ichi-Go, una ofensiva masiva en el frente chino. Las fuerzas acorazadas para la operación correspondieron a la 3º División Acorazada del Ejército Imperial, que contaba con cerca de 60 carros Ha-Go. La campaña fue un éxito rotundo, consiguiéndose el objetivo de unir por tierra el frente del sureste asiático con el territorio continental controlado por Japón.
En agosto de 1945 los soviéticos se apresuraron a lanzar una ofensiva masiva contra Manchuria, Corea, la Mongolia Interior y las islas Kuriles. La resistencia y los últimos restos de las fuerzas acorazadas japonesas fueron vencidas y el ejército terminó por rendirse en masa. El último combate de la guerra para los tanques Tipo 95 fue durante la invasión de la isla de Shimushu, donde fueron destruidos la mayor parte de los 25 Ha-Go que había allí desplegados.
Desde diciembre de 1941 y durante todo el año siguiente Japón obtuvo sus mayores éxitos al lanzar una serie de ataques sorpresa contra los países aliados en el sureste asiático y el océano Pacífico.
Seis compañías equipadas con el Tipo 95 (unos 73 tanques), pertenecientes a los regimientos de tanques 1º, 6º y el 14º ligero, tomaron parte en los desembarcos de la península malaya, cruzaron a jungla hacia el sur y consiguieron asediar con éxito la base naval británica de Singapur.
Al mismo tiempo cuatro compañías de Ha-Go (unos 50 tanques), de los regimientos 4º y 7º, participaron en las operaciones anfibias para conquistar las Islas Filipinas y expulsar de allí a los norteamericanos.
Una compañía de Ha-Go (12 tanques), apoyó, a partir de Enero del 42, la osada y exitosa invasión de Birmania.
Ya entrado 1942, el 2º Regimiento de Tanques del Ejército Imperial, con dos compañías de Ha-Go, y los tanques supervivientes de la invasión de Filipinas del 4º Regimiento, con 38 Ha-Go funcionales, fueron la cuña acorazada de las tropas que invadieron las Indias Orientales Holandesas.
Durante el año 1942, diversas compañías independientes, unidades anfibias, y otras pertenecientes a las Fuerzas Especiales de Desembarco del Ejército Imperial, invadieron y ocuparon infinidad de islas del Pacífico, tratando de cumplir el objetivo estratégico japonés de crear un anillo defensivo en el océano para forzar a los Estados Unidos a la paz. Así, fueron ocupadas o invadidas las islas Marshall, las Gilbert, las Salomón, las Palau y las Marianas, quedando en algunas de ellas pequeños destacamentos acorazados.
En cuanto Estados Unidos hubo recuperado su poderío naval en el pacífico se sucedieron las campañas para aislar y expulsar a los japoneses de los territorios que habían ocupado. La estrategia de ofrecer una resistencia tenaz «palmo a palmo» para forzar la paz no funciono. Los aliados reconquistaron todo el pacífico y el sureste asiático, el Imperio Japonés fue derrotado.
| Tripulación | tres |
| Peso | 7,4 Tm |
| Longitud | 4,38 m |
| Anchura | 2,06 m |
| Altura | 2,18 m |
| Motor | Mitsubishi A6120VD diésel refrigerado por aire y 120 cv de potencia |
| Armamento principal | Un cañón Tipo 94 de 37 mm |
| Armamento secundario | Dos ametralladoras Tipo 97 de 7,7 mm |
| Coraza más gruesa | 12 mm en el frontal del casco y la torreta |
| Coraza más delgada | 6 mm en la cara superior del casco y la torreta |

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